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Simpatía y Antipatía

Tras la consecuencia de la simpatía y antipatía hacia las personas, situaciones, cosas, ideas, paradigmas… está la siguiente pregunta:

¿Hacemos lo que queremos hacer?

Hace años mi profe de antoroposofía Antonio Morillas, en el seminario que hacíamos los jueves en Aditya, en Girona, me propuso (me tocaba exponer) el tema de simpatía y antipatía para dar luz a una parte del libro que estábamos estudiando ‘La Teoria del Conocimiento basada en la concepción del mundo de Goethe’, de Rudolf Steiner.

Simpatía y antipatía hacia las cosas, situaciones, personas, conocimientos. Empecé a navegar en los conceptos y en como mi vida siempre iba hacia lo simpático, y que siempre había partes simpáticas y antipáticas en todo (los famosos pros y contras), pero fueran las que fueran, siempre la acción se decantaba hacia lo más simpático.

Así que finalmente, preparando esa exposición me dí cuenta que siempre hacía lo que quería. Siempre. Hubo un antes y un después de ese descubrimiento.

Me explico con un par de ejemplos:

Uno: fumar

De mi propia historia personal, de mi tercera época -hacia mis 44 años-, como fumadora empedernida.
(sip, hasta el momento he estado 3 veces fumadora, las 3 veces lo he dejado relativamente fácil, y a día muy de vez en cuando cae algún cigarro, sin riesgo de adicción)

Incluso cuando ya tenía claro que no quería seguir fumando ni por el ‘rascor’ en la garganta, ni por el aliento apestoso al despertar, ni por la pasta que me dejaba, ni por la dependencia psíquica que iba en contra de ‘yo mando en mi vida’, ni por las discusiones con mis hijos, ni por varias cosas más, incluso con todo eso, cada cigarroera mi propia decisión y yo solita, sin ayuda de nadie lo cogía, encendía, etc. Y si a mano viene me arrastraba a comprar un paquete al bar más cercano.

Todo esto es lo antipático.
Pero ¿dónde estaba lo simpático en mi caso?: Me encantaba ponerme en la ventana y dedicarme esos 4 minutos. O subir a la terraza. Cuando fumaba y aspiraba el tabaco, no pensaba. Me encantaba no pensar.

Lo simpático era más poderoso y yo seguía fumando.

Hasta que lo antipático empezó a pasarse de la ralla y encontré otros mediospara dedicarme 4 o 5 minutos (fueron 25, como los funcionarios, porque decidí hacer breaks a media mañana en un bar cercano) y volver a meditar o focalizarme en la respiración para parar el pensamiento.

Dos: master en fiscalidad

Cuando iba a estudiar un master en fiscalidad, en Barcelona.

Wow, era aburrido el tema y me costaba mucho dinero, pero estaba convencida que era bueno para mi profesión y además estaba Marta, mi primera amiga en mi etapa Barcelona. Aún lo es. Lo simpático (mi expectativas profesionales y  hacer amigos) era superior a lo antipático

Crees que haces las cosas por los demás.

Vas a ese trabajo que no te gusta por tus hijos, vas a esa reunión por tu amiga, haces ese curso que no te apetece por tu pareja, …haces tantas cosas que no harías por…los demás!.

En una conversación (fracasada como tantas otras) intentando mostrar que lo que hacemos es sólo por nosotros, mi interlocutora decía que visitaba a su madre para ‘hacer feliz’ a su madre, pero que odiaba ir.

Lo que mi interlocutora no aceptaba ( y yo no conseguí mostrarle) es que para su paz interna era imprescindible cumplir con unas obligaciones familiares que ella aceptaba. Y su paz interna es la parte simpática de la cosa. O su autoimagen. O ambas. En este caso, lo del amor no lo tengo claro, pero podría también estar y sumaría. Porque cuando amamos de verdad (digo de verdad), nos hace felices estar con la persona amada.
La parte antipática es todo lo demás.
Pero la simpática gana y por esa ella iba a visitar a su madre.

¿Porqué vale la pena saber esto?:

porque gastamos tiempo (y energías) pensando cosas que no son verdad y podemos aprovecharlo para otras cosas que sí sumen

Somos muchas personas en una, muchos roles, muchos personajes, muchos como quieras llamarlo. Ese es el punto. Cada uno con sus intereses. 

Tenemos la parte que quiere realizarse como persona, pero hay otras partes cuyo interés es distinto, por ejemplo, en el argot del arte de cambiar a voluntad está el ‘tirano’ que no quiere cambios, o el guardían que basándose en experiencias pasadas abre o no la puerta, o la niña que quiere complacer a todos, o el rebelde que se quedó en los 14 enfadado, o…

De algún modo todas estas partes de nosotros necesitan constantemente cosas y a veces una entra en conflicto con otra. Eso sin entrar en la programación biológica, a cuyo acceso difícilmente podemos llegar sin un arduo trabajo de meditación y ni aún así.

Pero si finalmente aceptamos que todo lo que ocurre en nuestras vidas es por obra y gracia nuestra de una u otra forma, nos ponemos más fácilmente en modo adulto responsable y hay más opciones de hacer cosas que nos satisfagan o de pensar que lo que hacemos nos satisface y de ese modo sentirnos satisfechos.

Ale, dicho está. Ojalá te sirva.
Con amor,

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